SANTO DOMINGO NORTE, R.D. — Lo que antes funcionaba como una vía esencial para conectar a este municipio con Yamasá, hoy representa un auténtico tormento para miles de ciudadanos que se ven obligados a transitar por una carretera deteriorada, lenta y cada vez más riesgosa.
La arteria vial, incluida dentro de las promesas de desarrollo que acompañan la extensión del Metro desde la estación Mamá Tingó hacia San Felipe y sectores circundantes, se ha transformado en un “pandemónium” que afecta la movilidad, la economía y la calidad de vida de los munícipes.
Daños constantes y mayores gastos para conductores
El deterioro progresivo de la vía ha provocado que vehículos de uso cotidiano sufran averías frecuentes. Conductores reportan roturas de neumáticos, daños en piezas esenciales y un desgaste acelerado de sus automóviles, lo que se traduce en gastos imprevistos que impactan directamente sus bolsillos.
Tránsito lento y pérdida de productividad
A esto se suma el drama humano de quienes deben desplazarse a sus empleos en medio de prolongados embotellamientos que se registran a cualquier hora del día. Muchos residentes han tenido que salir cada vez más temprano de sus hogares para intentar llegar puntuales a sus lugares de trabajo, aunque los interminables “tapones” dificultan cualquier planificación.
El comercio tampoco escapa a las consecuencias. Negocios ubicados en el trayecto de la Carretera de Yamasá afirman que sus ventas han caído drásticamente, al disminuir la circulación fluida de clientes.
Una odisea diaria sin fecha de alivio
Habitantes consultados describen la experiencia de transitar por la zona como un recorrido “rumbo a la guerra” por los constantes saltos entre hoyos y lodazales. Al estrés acumulado durante la jornada laboral, se suma la pesada travesía para regresar a sus hogares, lo que agrava el cansancio y deteriora el bienestar emocional.
Una colaboración escrita por Jarlen Espinosa
Los afectados consideran que debe encontrarse una solución urgente que evite que la expansión del Metro termine siendo “más la sal que el chivo”, como advierten numerosos residentes de Santo Domingo Norte.



